Así que sales a la calle, con suerte, creyendo que el espejo se ha vuelto a equivocar. Que te está cogiendo manía y que empieza a ser hora de cambiarlo. Mientras te repites una y otra vez: ¡no, no, no puede ser, hoy sí será mi día!. La otra opción, es reconocerlo y salir a la calle con la esperanza de que alguien sea capaz de demostrarte lo contrario. Pero al rato te das cuanta que te equivocas, sobretodo si lo primero que haces es coger un metro atestado de gente para después dirigirte al trabajo.
Pues el sábado por la tarde salí de mi casa con la impresión de que no era mi día pero creyendo que el espejo se había vuelto a equivocar. ¡Maldito espejo! Por suerte ese día no iba a trabajar.
Se puede decir que llevaba varios días con un tema pendiente. Aunque también se puede decir que años. Pero últimamente, me venía rondando por la cabeza. Algunas circunstancias me estaban haciendo ver que llegaba la hora de zanjar el tema de alguna manera. Siempre pensé que cuando llegara el día lo sabría y por casualidades de la vida, ocurrió sin más.
Me encontré con una amiga que hacía años que no veía. Posiblemente, se podría decir que entraba dentro de lo que se clasifica como “mejores amigos”. Aunque ahora no tengo claro que significa eso exactamente. La cuestión es que no la veía por decisión propia. Y la verdad es que fue una decisión acertada. Porque a veces para relacionarse con los demás antes hay que solucionar ciertas cosas que pueden estar pendientes con uno mismo.
Y así, sin más me la encontré. En ese momento, miles de ideas se me cruzaron por la cabeza. Desaparecer del sitio, meterme debajo de la mesa, esperar hasta que marchara, ponerme la chaqueta en la cabeza, hacer como que no la había visto, simular que yo no era yo por si me decía algo. Pero si algo he aprendido en esta vida, es que no sirve de nada evitar, ya que a veces lo que te espera es mejor de lo que pensabas.
Para mi sorpresa esa persona me recibió con un fuerte abrazo.

